No todos los sensores IoT son iguales aunque parezcan lo mismo
A simple vista, cualquier sensor con app y alertas parece resolver el problema. La diferencia real se nota cuando falla la conexión, se agota la batería o hay que instalarlo en un entorno exigente — y para entonces, un sensor mal elegido ya ha dejado huecos en el registro justo cuando más se necesitaba.
Cinco criterios técnicos que sí importan
Antes de comparar precio, conviene comparar estas características:
- Grado de protección IP: IP66 o superior para resistir humedad y limpieza a presión en cámaras; IP67 si el sensor puede sumergirse, como en un circuito de ACS.
- Autonomía de batería: sensores que duran meses en lugar de semanas reducen drásticamente el mantenimiento — algunos modelos alcanzan hasta 2,5 años.
- Memoria local: capacidad de seguir registrando y almacenando datos aunque se pierda la conexión WiFi, sincronizando el histórico completo al recuperarla.
- Alcance de comunicación: relevante en locales grandes o con múltiples plantas, donde un solo gateway debe cubrir toda la superficie.
- Rango de temperatura: desde congelación profunda (−40 °C) hasta agua caliente sanitaria (+125 °C), según el punto de control que se vaya a cubrir.
La pregunta que responde todo lo demás
¿Qué pasa si se corta la luz, falla el router o el sensor está fuera de cobertura durante horas? Un sistema fiable sigue registrando localmente y no deja huecos en el histórico que sirvan de evidencia ante una inspección. Es el criterio que más separa a un sistema robusto de uno que solo funciona bien en las condiciones ideales de la demo.
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